jueves, 19 de julio de 2012

23/7/2011 En bus hacia Siem Riap, Cambodia



Las 6h de trayecto en autobús que al final han sido 7h (siempre te dicen menos para que no te eches para atrás) han sido en general muy agradables, el paisaje bucólico con muchos campos de arroz, chozas elevadas por pilares ya que son tierras con mucha agua.


Sorprende que en 6h de trayecto el paisaje fuera todo recto, plano, sin montañas ni colinas, una llanura inmensa.
La cruzan ríos que en esta época no están en su máxima altura.
Un gran lago, recorre gran parte del trayecto, casi desde Phnom Penh a Siem Riap que podría haber hecho en bote en la estación húmeda.


Los pasajeros eran gente local menos cuatro turistas y yo.
Ha subido a última hora una madre con tres niños, uno de pecho que han ido sentados en el suelo,en la plataforma al lado del conductor, me ha parecido que los llevaban de gratis.


El ir viendo la gente en los pueblos en su vida cotidiana es muy entretenido y aleccionador.
En ciertos momentos me pregunto y trato de imaginar que haría yo si hubiera nacido en ese pueblo o casa de campo que cruzo, como sería mi vida.
Logro imaginarme allí, corriendo por los arrozales, alimentando a los animales y mirando de reojo sin que se dé cuenta a ese mozo que me ronda.


Hemos parado a comer en Kampong Thom .
El aspecto de la comida no me ha hecho el peso por lo que  me compré unos plátanos y un huevo duro que me he comido con el resto del pan tostado que me quedó de ayer.
En esa pequeña ciudad rural había una Bat muy aparente y bien cuidada.


Voy viendo a los tullidos por las bombas antipersona que aún hoy día minan los campos de Cambodia.
Uno e ellos se ha puesto al lado de la puerta del bus pidiendo.
Tengo que replantearme este tema de la limosna en la que no creo pues nadie tiene que estar en la posición de superioridad de dar y nadie en la necesidad de pedir pero el mundo está montado de otra manera.
Tengo que perder ese escrúpulo a dar dinero de limosna, si lo doy me siento avergonzada y si no lo doy me siento mal.


Al llegar a Siem Riap antes de bajar del bus nos ha abordado a mí y otras dos turistas un mozo diciendo que con nuestro billete de bus teníamos incluido el túk-túk hasta el centro de la ciudad.

Naturalmente se estaban buscándola vida pues una vez montada en el carrito me ha dicho mi conductor que si quería que me llevase a Angkor, le he dicho que no y me ha dicho que entonces tenía que pagar por llevarme al hotel, lo normal eran 3$ pero me lo dejaba en dos.

Le he dicho con una sonrisa que eran unos embusteros a lo que me ha respondido que se tenían que ganar la vida.
He accedido riéndome con él de los trucos que se inventan para trabajar ya que hay una gran competencia entre ellos.


Aquí pasa como en Kuta (Bali) hay más oferta que turistas lo que produce que sean más pesados que las moscas.
Cada paso por la ciudad va acompañado de un “no, gracias” que tengo que decir a cada oferta de transporte.


Phnom Penh me gustó pero Siem Riap me ha robado el alma.
Me gustan sus calles, sus edificios bajitos, la simpatía de sus gentes a pesar de los “ túk-túk madame” a cada paso.
Me gustan sus baches en las carreteras y su anarquico tráfico de motos, bicicletas coches y transeúntes todos por la carretera ya que las aceras están tomadas con chiringuitos de comidas o coches aparcados.


Por la tarde ha caído un diluvio de media hora que ha parado justo a tiempo de permitirme ir a cenar maravillada por ese “no sé que" de estos sitios por la noche. Como no hay iluminación en las calles son la iluminación de los locales los que dan vida a la noche.
Las calles llenas de gente paseando o sentadas en terrazas cenando.

Hoy me he animado a comer en una de las mesas de la comida de la calle, he pedido dos cubiertos pues invité a mi nuevo amigo Orlando que conocí por internet a través de mi amiga Aurora y que tuvo a bien en aceptar a pesar de estar a 10h (no 8h) de diferencia horaria entre nosotros.
Esperaba una reacción de extrañeza por parte de la joven que servía la mesa, pero están a la vuelta de todo, se esperan cualquier cosa que venga de los extravagantes turistas.

La cena muy barata pero dejando mucho que desear. El pollo a la barbacoa le faltaba algo más de tiempo y menos fuego y el arroz pasado (a mi gusto) y enganchado..
Mañana iré a cenar a un restaurante que se come mejor que en la calle.

He tenido la debilidad de entrar en una pastelería a comprar un pastelito de chocolate para consolarme de tan triste cena (triste en calidad pues yo estaba muy divertida hablando con un niño vendedor de postales).
He cruzado con otro cliente una mirada de complicidad, luego me lo he encontrado mientras me lo comía en la acera, nos hemos mirado, lo he ocultado con mi mano haciendo cara de buena chica, me ha dicho “no te preocupes, lo entiendo” enseñándome a la vez el paquete con pasteles que llevaba en la mano.

Me he llegado al hotel para concretar el tour para mañana visitar Angkor.

Le he pedido a la recepción que me enseñara donde estaba el gimnasio, me ha acompañado.
Hemos subido escaleras de tres pisos a lo que le he comentado que así ya no hacía falta el gimnasio.
El último tramo es de trapecistas, hemos salido a la azotea. Estaba encima, encaramado a una escalera vertical que daba vértigo con el consiguiente riesgo. Más que los del circo ya que no había red protectora.
El gimnasio consiste en varias maquinas al aire libre (con el sol que caerá seguro a plomo durante el día) y nada más.
Realmente lo que libera adrenalina es el acceder a él.
Con esa visita doy por cerrado el capítulo gimnasio.

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