
Intenté contratar un tour por el santuario de los pájaros en Prek Toal sin éxito ya que está algo lejos y no es un destino frecuentado por los turistas con lo que me pedían para ir yo sola 300 $
Probé de nuevo con otro destino, en Kompong Khleang que según mi guía es un pueblo flotante poco visitado por turistas y muy interesante para adentrarse en él gozando del quehacer diario de sus gentes. Tampoco tuve éxito por el mismo motivo que el destino anterior.
Donde se ofrecían a llevarme era a la ciudad flotante de Chong Kneas pero allí iré mañana en el viaje en bote a Battamban.
Visto lo visto he decidido que esta ciudad bien merece un día entero de pasearse por sus calles.
Cuando llegue la hora de “toca llover” me dedicaré a la higiene personal de teñir pelo, depilar piernas cortas uñas y todas esas cosas aburridas pero imprescindibles para participar de las costumbres y usos de esta sociedad a la que pertenezco y de la que a veces reniego.
Paseando por sus calles ha llamado mi atención un rótulo enorme de un restaurante que se anunciaba como recomendado en Lonely Planet.
El fenómeno L.P. es similar al de Iphone, es como dios que está en todas partes. No hay turista que se precie que no pasee con su guía de esa editorial y luzca un móvil Apple en su bolsillo.
También aquí se ofrecen los pececitos Dr. Fish que te hacen peeling de las piernas si las introduces en su piscina.
Me ha hecho gracia uno que intentaba convencer a los más aprensivos añadiendo a su cartel que no son pirañas.
Me ha hecho gracia uno que intentaba convencer a los más aprensivos añadiendo a su cartel que no son pirañas.

Esto me ha retrotraído a la semana que pasé en la selva amazónica aislada del mundo sin electricidad, como consecuencia no había luz, teléfono, tv y otros menesteres que la sociedad desarrollada da como imprescindibles y que pude comprobar personalmente que no lo son.
Comía de los que pescaba y si no pescaba nada una gallina desaparecía del campamento. Me bañaba en el río llenito de pirañas que puedo asegurar que no me comieron, lo que no pueden decir ellas, no solo porque las pirañas no hablan si no porque es lo que comí todos los días y a veces dos veces al día.
No pescaba nada más pero estaban buenísimas, sobre todo cuando no hay nada más para comer.
Es mentira que las pirañas te coman si no tienes una herida que sangre, al menos las del rio de Pañacocha (que quiere decir lago de pirañas) en Ecuador.
No pescaba nada más pero estaban buenísimas, sobre todo cuando no hay nada más para comer.
Es mentira que las pirañas te coman si no tienes una herida que sangre, al menos las del rio de Pañacocha (que quiere decir lago de pirañas) en Ecuador.
Fue hermoso. Recuerdo las veladas a la luz del candil junto a los dos indígenas que regentaban el campamento.
Tras la cena nos contaban aventuras de su niñez en esas aldeas de la jungla.
Era un campamento llevado por indígenas, ausente de turistas pues para llegar se necesitaban 8h navegando por el rio Coca y luego por un afluente hasta llegar al campamento compuesto por cuatro cabañas.
Volviendo al tiempo actual y bajándome de las ramas, estaba paseando por la ciudad de Siem Riap sacándome de encima las ofertas cansinas de tuk-tuks cuando he pasado por delante de un hospital. A las puertas había mucha gente concentrada, no sé si por casualidad o porque estaban esperando.
Un camión repletito de gente ha salido del hospital, he dado por supuesto que era como nuestra ambulancia que devolvía las visitas del día a sus hogares. Me lo ha hecho pensar así el que un pasajero llevaba a alguien en los brazos.
He pasado por un mercado donde había peluqueras peinando en chiringuitos tan pequeños que ocupaban el pasillo.
Una de ellas estaba sacando cera del oído de un mozo, quizá el novio, con la linterna del móvil en la boca iluminando el interior de la oreja mientras que con unas pinzas hacía su trabajo.
También han llamado mi atención las vendedoras sentadas encima de los aparadores donde tienen la mercancía.
Mientras paseaba por el mercado tenía dos sensaciones contradictorias, una de placer de ver la mucha vida que hay dentro, la falta de prisas, las sonrisas en los rostros, la mercancía expuesta, pero por otro lado una sensación de nausea por los olores de la carne y el pescado.
Me ha pasado siempre. Cuando estaba estudiando medicina, trabajaba de auxiliar de clínica para pagarme los estudios. Recuerdo lo mal que lo pasaba el día que me tocaba estar en la sala de urología, me pasaba toda la noche con arcadas por el olor de la orina. Por algo tengo una nariz tan larga, para oler mejor aunque a veces sería mejor no oler nada.
Las maquinas de coser en la calle no es nuevo para mí, me sorprendió verlo en Tanzania pero sigue gustándome verlos coser. La mayoría suelen ser hombres los que cosen.
Por la noche he ido a cenar al restaurante "El Templo" donde he conocido a un gallego muy simpático. Como el espectáculo de danza aún no comenzaba nos hemos ido a tomar una cerveza a otro sitio.
Luego hemos vuelto para disfrutar de cena típica Khmer y del Apsara show que según reza el cartel de la entrada sale en Lonely Planet.
Mañana va a Battamban igual que yo, como él va en bus hemos quedado para cenar en esa ciudad en The White Rose, un restaurante aconsejado también en nuestra guia.
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